Quizá la solución no sea la
responsabilidad, quizá la responsabilidad no sea más que la espina punzante e
hiriente que aporta el estímulo necesario para, movilizado por la punción,
emprender la marcha a un ritmo constante.
¿Cómo sigue? ¿Qué se hace? ¿Y si
ansío ver el día? ¿Y si entiendo que he sido distinto, como siempre, a todo lo
demás?
Distintos somos todos, el uno del
otro. Por eso perseguimos la ilusión de un corazón complementario, de una media
naranja o un alma gemela. Nos gusta
creer que allí, del otro lado del mundo, se encuentra nuestro doppelganger
emocional, esperando nuestra aparición milagrosa en su miserable vida. Pero es
una ilusión, como todo en esta vida, es una ilusión como la felicidad y la
tristeza, como el calor y el frío, la luz y la oscuridad. Es la dualidad lo que
nos ataca, es la unidad lo que nos fortalece.
La unidad conjuga nuestras más
grandes contradicciones en una misma entidad; nuestro ser. Pero vivir en unidad
no es tarea sencilla, no en estos tiempos. El ser y el querer ser están en
constante conflicto de contacto.
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