¡Ay Irma, cómo te extraño! ¿Por qué te fuiste
Irma? Te hubieses quedado acá conmigo, a vivir la playa eterna de Mar del tuyú.
¡Ay Irma! Si sabré yo lo que debés estar extrañándome. Perdóname Irma por
dejarte sola con tus bikinis angostitas y tu marido fanático de la sunga.
Perdóname enserio, pero ya estoy vieja y no tengo fuerzas para volver.
¡Las veces que habremos esperado el llamado
de “La Su” juntas! ¡Las giras bronceadoras que habremos hecho por San Clemente,
Las Toninas y Mar de Ajó! Yo sabía todo de Irma. A Irma los bordes de la pizza
no le gustaban. Los de la tarta, en cambio, la volvían loca. Otra cosa que
odiaba Irma era el corpiño deportivo, por eso llevaba su colección de bikinis a
las clases de Yoga.
Siempre funcionamos como un amuleto para la
otra, piel a piel íbamos juntas a todos lados. No había peatonal que no
conociéramos, no había choclo playero con el cual no nos hubiéramos
enchastrado, y… ¡Ay! Ni hablar de los churros con dulce de leche –y arena,
claro- que tanto habían estirado nuestra figura.
Si pudiera hablarte ahora, mi querida, te
haría saber lo incondicional que fuiste para mí esos domingos de asado y pileta
en la quinta del Jorge. ¿Te acordarás vos, de cómo nos alejábamos de las
charlas masculinas para pasar tiempo a solas y en silencio? flotando boca
arriba y olvidando el cuaderno rojo a lunares blancos de Fede y los
calzoncillos rotos de Eduardo, que claro, en cualquier momento nos interrumpía
y se tiraba de bomba a la pileta con la sunga amarillo fluo que le había traído
Jorge de Brasil.
¿Por
qué nunca fuimos juntas a Brasil, Irma? La escapadita nos hubiese venido bien a
ambas. Pero bueno, definitivamente nuestra última aventura fue Mar del tuyú. Yo
sabía que este viaje iba a ser especial. Lo sabía desde el momento en el que la
profe de yoga nos dijo: “Estoy segura. En este viaje te pasarán cosas
inolvidables”. Y una le cree, obvio, pero lo que menos se espera es que la vida
cambie tan rotundamente.
Nuestra relación era especial, yo no me
cansaba nunca de abrazarte y, vos, año a año, me elegías a mí para acompañarte
a estrenar la temporada. Pero yo ya estaba vieja y estirada, tarde o temprano
me iba a cansar de las pelotas de arena que nos tiraba Fede y de las manos
bruscas de Eduardo.
Perdoname Irma, no tengo excusas. Mis brazos
languidecieron hace tiempo y, empapada en tristeza, solo me queda asumir que
cuando esa ola nos golpeó ferozmente, yo te solté. Un poco adrede y un poco sin
querer. Aunque no lo hubiese querido mis nudos no hubieran aguantado, vos cada
vez estabas más gorda y a mí me costaba mucho contenerte. Así que me alejé, me
alejé flotando para convertirte en ese recuerdo de aquella amiga que detestaba
los bordes de la pizza pero enloquecía con los de la tarta, ese recuerdo de la
mujer que odiaba los corpiños deportivos y, por esa razón, me llevaba a mí, su
bikini favorita, a cada clase de yoga.
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