martes, 17 de septiembre de 2013

Mi media naranja.

¡Ay Irma, cómo te extraño! ¿Por qué te fuiste Irma? Te hubieses quedado acá conmigo, a vivir la playa eterna de Mar del tuyú. ¡Ay Irma! Si sabré yo lo que debés estar extrañándome. Perdóname Irma por dejarte sola con tus bikinis angostitas y tu marido fanático de la sunga. Perdóname enserio, pero ya estoy vieja y no tengo fuerzas para volver.

     ¡Las veces que habremos esperado el llamado de “La Su” juntas! ¡Las giras bronceadoras que habremos hecho por San Clemente, Las Toninas y Mar de Ajó! Yo sabía todo de Irma. A Irma los bordes de la pizza no le gustaban. Los de la tarta, en cambio, la volvían loca. Otra cosa que odiaba Irma era el corpiño deportivo, por eso llevaba su colección de bikinis a las clases de Yoga. 

Siempre funcionamos como un amuleto para la otra, piel a piel íbamos juntas a todos lados. No había peatonal que no conociéramos, no había choclo playero con el cual no nos hubiéramos enchastrado, y… ¡Ay! Ni hablar de los churros con dulce de leche –y arena, claro- que tanto habían estirado nuestra figura.  

Si pudiera hablarte ahora, mi querida, te haría saber lo incondicional que fuiste para mí esos domingos de asado y pileta en la quinta del Jorge. ¿Te acordarás vos, de cómo nos alejábamos de las charlas masculinas para pasar tiempo a solas y en silencio? flotando boca arriba y olvidando el cuaderno rojo a lunares blancos de Fede y los calzoncillos rotos de Eduardo, que claro, en cualquier momento nos interrumpía y se tiraba de bomba a la pileta con la sunga amarillo fluo que le había traído Jorge de Brasil.

     ¿Por qué nunca fuimos juntas a Brasil, Irma? La escapadita nos hubiese venido bien a ambas. Pero bueno, definitivamente nuestra última aventura fue Mar del tuyú. Yo sabía que este viaje iba a ser especial. Lo sabía desde el momento en el que la profe de yoga nos dijo: “Estoy segura. En este viaje te pasarán cosas inolvidables”. Y una le cree, obvio, pero lo que menos se espera es que la vida cambie tan rotundamente.

Nuestra relación era especial, yo no me cansaba nunca de abrazarte y, vos, año a año, me elegías a mí para acompañarte a estrenar la temporada. Pero yo ya estaba vieja y estirada, tarde o temprano me iba a cansar de las pelotas de arena que nos tiraba Fede y de las manos bruscas de Eduardo.


Perdoname Irma, no tengo excusas. Mis brazos languidecieron hace tiempo y, empapada en tristeza, solo me queda asumir que cuando esa ola nos golpeó ferozmente, yo te solté. Un poco adrede y un poco sin querer. Aunque no lo hubiese querido mis nudos no hubieran aguantado, vos cada vez estabas más gorda y a mí me costaba mucho contenerte. Así que me alejé, me alejé flotando para convertirte en ese recuerdo de aquella amiga que detestaba los bordes de la pizza pero enloquecía con los de la tarta, ese recuerdo de la mujer que odiaba los corpiños deportivos y, por esa razón, me llevaba a mí, su bikini favorita, a cada clase de yoga.    

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