martes, 17 de septiembre de 2013

Mal llamado apocalipsis.

La luna era inmensa, ocupaba una porción grandísima de cielo, sus cráteres se desdibujaban, como cuando es de día y, amenazante, el satélite avanzaba por nuestra atmosfera. Llamé a todos en casa. Ese día, tal vez por ser el último, nos habíamos juntado a comer con mis primos y mi tía, mi papá no estaba. Como siempre, no respondían a mi llamado para ver el cielo y entonces agarré a mi mamá por el brazo y la saqué afuera, mi tía nos siguió  y mis primos corrieron por los costados. Al llegar a la fina pasarela de cemento enrojecido, que daba al portón del frente, tuvimos que levantar la cabeza hasta que el mentón se alineara a nuestro cuerpo, solo las ramas del jacaranda tapaban un poco el firmamento. Mi patio parecía tan gris esa noche de cielo claro, y la luna no paraba de acercarse. Nadie hablaba, pero nadie estaba asustado, solo teníamos impotencia y nos sentíamos aplacado por la hermosura y el poder de ese majestuoso satélite que tanto tiempo giró a nuestro alrededor.

            La última cena ya estaba comida y con paciencia, los presentes esperábamos y lo aceptábamos como un paso más de la vida, una persona o un animal nace, vive, procrea y muere, una flor nace, vive, procrea y muere y una especie nace, vive, procrea y se extingue, y eso era lo que con total entendimiento esperábamos sin prestarle atención al entorno y solo mirando el hermoso cielo sin estrellas, en completo y total silencio. Nos quedamos sin recuerdos, sin fechas, lugares, felicidades y tristezas en nuestras mentes, lo único que existía en ese momento era la luna, que cada vez más difusa se acercaba a la tierra hasta diluirse en el cielo y desaparecer en la capa de ozono y sin dejar rastro alguno de la hermosura de la esfera conquistada por el dios de las artes,  de la poesía y de la música, del arco y flecha, de la medicina y la curación, de la verdad y la profecía y del sol y la luz, encarnado en una maquina que el hombre bautizó homónimamente como Apolo.

            En su lugar no había un espacio vacío, ahora siete hermosas esferas de colores tan vivos y potentes que hacían llorar los ojos estaban quietas en el firmamento, parpadeando. Yo llegué a reconocer a Júpiter y a Venus, no tuve tiempo para recorrer con la mirada la perfección de cada planeta, y es quizás por eso que no recuerde los demás con sumo detalle. Y de repente como un mundo en dos dimensiones un espolvoreo calló, como la arena que cae de un papel al ser levantado. Los granos de magia hicieron polvo a los planetas que al descender lentamente con la ligereza de una pluma, con la firmeza de kilos y kilos de metal y con la delicada atracción gravitatoria de la difunta luna, dejaron un halo de luz hermoso, era como estar en el infinito espacio y en el patio de casa al mismo tiempo, no recuerdo bien si estaba en uno o en otro, pero sí que estaba en ambos al mismo tiempo. Al igual que nosotros, los siete planetas se presentaron en su forma casi humana; Tenían un tronco y cinco extremidades, tenían ojos y orejas, nariz y boca, hasta dedos en las manos y en los pies, pero eran de metal y tenían movimientos pocos acostumbrados y lentos, tal vez pacientes. Venus era blanca y rosa, Júpiter era naranja y marrón, después solo recuerdo tonos verdes, azules, turquesas y rojos entremezclados hacia la derecha. Pisábamos tal vez el suelo de mi patio pero apoyábamos nuestras espaldas en una porción de universo, se sentía raro estar en varios lugares al mismo tiempo.

            Y de repente, y por primera, vez giré la cabeza y despegué mis ojos de planetas y satélites para mirar a mi familia. Con una sonrisa importante volví a voltearme y entonces todo se puso negro, desperté del sueño y me vi entre cuatro paredes, con fechas, nombres y asuntos en la cabeza y no quise reincorporarme, solo miré hacia otro lado y seguí durmiendo, intentando volver a soñar.      

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