martes, 7 de enero de 2014

Matar a Cupido

Cuando inició su travesía llevó consigo una mochila vieja y un corazón roto. Se propuso a sí mismo dejar en el camino la marca de su paso, se propuso a sí mismo ser un héroe, como siempre había querido. Por las noches soñaba con la grandeza, con entrevistas en la televisión y su nombre en todos los libros de historia. En un arrebato de soberbia y majestuosidad se vio a sí mismo gobernando un mundo utópico. Pero tarde o temprano tenía que despertar, ver la tierra que le ennegrecía los codos, tocar el pasto húmedo que le helaba los huesos en la madrugada, levantarse y seguir.
Al partir no dio explicaciones, no buscó justificarse, simplemente se despidió y se fue. Abandonó su hogar porque su habitación se había convertido en una sala de tortura. Su rutina se había vuelto su calvario, no porque renegara de la rutina, sino porque todas las mañanas eran malas ahora que desayunaba solo, ahora que al abrir el placard la mitad de las perchas estaban vacías. Cada noche le encadenaba pesadillas en la mente y le mojaba la almohada, la cama no era más que su propia barca de Caronte. Pero Caronte no estaba, no estaba su madre, ni su hermano, tampoco Sara, la pequeña perra sin pedigrí que había recogido de la calle cuando tenía doce.
Las rodillas le temblaban y la piel se le pegaba a las costillas, el hambre y la barba eran dos cosas que nunca había tenido. Cada piedra en el camino lo hacía más fuerte pero le raspaba aún más los tobillos. Esa mañana se sintió derrotado, olvidó su misión y su grandeza. Se detuvo a observar el horizonte y el dolor se expandió desde su pecho hasta llegar a su cabeza. Ahí recordó aquella otra mañana en la cual armó un bolso y partió guiado por esa misma vibración en el pecho que ahora le hacía sudar en frío. Sintió a la brújula de su corazón perdida, desorientada y derramó una lágrima antes de desplomarse en el suelo.
Había sido siempre un tipo de oficina, nada especial, ni grandilocuente. Solo un obrero que rompía su espalda para sobrevivir. Sus metas no eran nada de otro mundo; casarse, tener un hijo, comprar una casa con patio amplio, adoptar un perro de la calle y armar todos los veranos la pileta de lona para refrescarse por las noches. Por miedo a lo desconocido tardó en enamorarse, tuvo que llegar  La Indicada para que pudiera sentir el fuego en su pecho y las mariposas en el estómago. De pequeño su madre le decía que cuando menos lo esperara Cupido le lanzaría la flecha que lo marcaría con la más hermosa cicatriz que pudiera soñar. Y él esperó, sin muchas ilusiones,  y hasta descreído por momentos, conformándose con  relaciones vacías que solo satisfacían su sexo. Pero cuando vio a La Indicada cada una de las palabras de su madre resonaron en su cuerpo y entrar en el de ella fue como volver al vientre materno. El primer regalo que le hizo fue una postal rebosante de cursilería que caricaturizaba a un cupido simpático con un manojo de flechas en su mano.
Al abrir los ojos no recordaba dónde estaba, qué hacía allí o cuál era su nombre. Tampoco recordaba el de ella pero podía sentir la marca de la que su madre le había hablado cuando niño. Era una marca profunda que ya no generaba la adrenalina de estar hamacándose a grandes velocidades, sino más bien se sentía como el ardor que provoca el hielo seco al tocarlo.  Ahora que ya no estaba, La Indicada no era más que una marca, había dejado de existir y pronto la  barba seguiría creciendo hasta tapar la cicatriz, cubrir el pecho y enrejar el corazón. Quizá así el dolor de su pecho se iría, el de su cabeza curaría en pocos días; Al parecer la pérdida de conocimiento le había hecho caer sobre una roca, por eso le dolía tanto, lo que no comprendía era las vendas alrededor de la herida y la habitación de paredes de barro, iluminada con velas en la que se encontraba. Un hombre mayor entró en el cuarto y se acercó a él, su barba era mucho más larga y blanca, al instante él se puso a pensar en la cantidad de penas que podría cubrir esa barba y soñó despierto, con la grandeza de su barba, con la barba más larga del mundo, las entrevistas en la tevé y su nombre en el libro de record guiness. El anciano le preguntó por qué sonreía y él se sintió un poco tonto.
Como no podía ser de otra manera, la noche en la que La Indicada lo dejó el cielo lloró con él. Las goteras del pasillo de su casa fueron su única compañía en esa primera noche de soledad después de tres años de relación y convivencia. Tras el desgarro de su alma decidió rasgar, también, las fotos, los regalos y todo lo que le recordara a ella. Revolviendo los cajones encontró la postal con el cupido, y vio en la sonrisa del angelito gordo y con pañales una gota de sadismo, vio en su mirada la picardía de un dios que lleva al hombre a la perdición. Vio en Cupido, al mismo diablo. Rompió la tarjeta en cuatro y exclamó “Debo matar a cupido”.
Miró al suelo cuando se lo dijo al anciano, pero este se rascó el mentón y negó con la cabeza.
-No podrás matar a Cupido - Le dijo el viejo - Cupido ya ha muerto, se ha suicidado.
Confundido y perturbado él se sentó en la cama, miró al viejo con seriedad y este le sostuvo la mirada. No parecía estar bromeando. Derramó una lágrima y un par de preguntas.
-Yo supe ser como usted, jovencito –Lo consoló el anciano- Mi corazón era un rompecabezas con piezas extraviadas cuando emprendí mi viaje en busca del verdadero amor.
-Pero yo no busco el verdadero amor, lo que yo quiero es que nadie decida por mí a quién deseo amar. Lo que yo quiero es que Cupido muera, para que todos podamos amar sin leyes ni mandatos. Y quiero que su sangre corra por mis manos para que al alzarlas el mundo entero agradezca mi labor- El viejo ríe y el sonido reverbera en las paredes de barro.
-Cupido a muerto, no hace mucho, se ha cansado del mundo, se ha cansado de lo mal que usamos los hombres el amor. Ha visto como muchos creen estar flechados cuando en realidad solo están obsesionados. Y luego, cuando las cosas salen mal, se olvidan de todo lo bonito y descreen del amor, se enojan con él y… se vuelven duros, fríos y malvados, tanto así que ni a sus hijos pueden proveerles de verdadero amor.
Él se quedó en silencio. Respiró profundo y volvió a recostarse. Por la mañana abrió los ojos y su pecho le latió con fuerzas, huyó sin despedirse otra vez, guiado por la brújula de su pecho que le indicaba la dirección y a cada paso lo convencía aún más de que el viejo mentía.
Los días pasaban y cada vez se sentía más fuerte, más convencido e impulsado a seguir. Y así continuó caminando y recorriendo el mundo hasta que sus rodillas volvieron a temblar, se detuvo en seco y una gota de sudor le cayó desde la sien hasta el cuello. Miró al frente y su corazón le dijo “Es aquí”. Observó entre algunos árboles y divisó una pequeña pirámide de piedra cubierta en musgo con un umbral en una de sus paredes. Mientras se acercaba el corazón le latía más y más fuerte, le fue imposible no sonreír. Apretó sus puños a un costado y entró corriendo por el umbral.
Cupido yacía sobre el suelo y un rayo de luz caía en su frente desde la punta de la pirámide. Él giró su cabeza y lo miró a los ojos, exhalo una última bocanada de aire y dejó de moverse. En una de sus muñecas tenía clavada una de sus flechas, otra en el pecho y una tercera en el vientre. No había, siquiera, una gota de sangre y en su mano derecha sostenía un papel doblado en varias partes.
Dando pasos torpes, se acercó al cadáver y en su camino tropezó con el arco desvencijado. Al caer su mentón se abrió por la mitad y la sangre comenzó a salir a borbotones. Un hilo rojo y brillante como nunca había visto antes manó desde la oreja de Cupido, se volcó en el suelo y formó un charco que al poco tiempo se fusionó con su sangre en el empedrado.  Arrodillado y con los harapos (pegoteados en polvo y sangre) que llevaba de atuendo se arrastró hasta la mano de Cupido. El primer contacto le pareció frío y lejano, como tocar el lomo de su perra Sara en esa mañana invernal en la que decidió no despertar jamás.
Acarició con cariño su mentón imberbe, su cuello y su pecho, y notó que allí aún vivía un ápice de calor y brillo, pero no era humano. Pudo sentir la energía de Cupido cosquilleándole la yema de los dedos y llegándole al corazón, asentándose allí mismo donde en su pecho yacía la marca que La Indicada le había perpetuado. Se separó del cadáver por miedo a amarlo, por miedo a su calor y su vibración imperceptible. Observó el papel entre sus manos y lo tomó. Comenzó a temblar y a sentir sudor entre sus dedos, el miedo que ahora sentía era un miedo distinto. No era como ser niño y quedarse encerrado en el ropero, no era como que se corte la luz en una madrugada de tormenta, era totalmente distinto, porque no era miedo a la oscuridad. Por cada desdoble del papel el corazón se le enfurecía de pasión, no quería leer lo que en sangre escrito allí se encontraba pero lo hizo de todas maneras, porque ya no podía evitarlo.

Oh calamidad de antaño, recuerdo del albor de los tiempos, dolor del nacimiento. Ruego a ustedes me encuentre su luz, su oscuridad, su magnánimo poder que todo lo calma y todo lo apacigua. Oh heridas del alma que son santas, que no sangran, que no sanan, heridas del alma que aún así duelen y perturban la pureza de mi corazón, desaparezcan, váyanse de mí. Les ruego, poderosos del otro lado, acaben con mi calvario que ya he cargado esta cruz por mucho tiempo, no me castiguen por ello, a mí, que soy el amor, entiéndanme; Tengo razones para morir.
¿Para qué continuar? ¿De qué serviría? Si el amor es más para el hombre un arcón de doblones de oro que una canción improvisada. ¿A quién le debo mi labor? Si por cada flecha, que me astilla los dedos y el corazón, hay un hombre enfadado. Si por cada penetración de amor puro y solemne hay otra de libidinosa atracción carnal. Si por cada confusión en el hombre, he de ser yo el culpable. Si por cada hombre enamorado hay una cadena y por cada cadena una marca imborrable en el alma del mismo. ¿Para qué seguir? Denme respuestas, las necesito o el silencio se encargará de convertirme en polvo y oh, calamidad de antaño, recuerdo del albor de los tiempos, dolor del nacimiento volveré a ser nada y desde la nada no podré ser amado.
No comprendo, divinidad suprema, si es tan fácil amarme. Si es tan simple recibir mi amor. ¿Por qué desperdiciarlo así? Por qué arrojarlo a la basura y pisotearlo como si cada una de mis flechas no me dolieran a mí tanto como a quien disparo. ¿Por qué no comprenden? Hazlos comprender porque cuando el amor muera solo su recuerdo los mantendrá vivos y yo… yo no puedo continuar. Entiendan al amor, que no aguanta más, que no se siente útil o apreciado. Entiendan al amor y perdónenlo por las flechas que a él mismo se infiere.
Perdónenme, pero he encontrado la respuesta; solo el amor puede matarme y con amor, solo con amor, dejo que mis flechas me atraviesen y acaben con este ser tan imperfecto que solo quiso cumplir su misión y que conmigo muerto acabe también el amor en todo el mundo porque no puedo seguir compartiendo mi esencia con quien no pueda manejarla. Mis últimas tres flechas las dirijo hacia mi cuerpo porque, aunque sea en mi lecho de muerte, quiero sentirme amado”

En la carta hay un manchón de sangre en lugar del punto final. Pero al papel le falta un pedazo y él lo nota. Lo deja caer al suelo y observa el cuerpo divino de Cupido. Intenta tocar con sus manos la luz que le llega a la frente y luego envuelve su cabeza en un abrazo. Cupido comienza a sangrar por su muñeca, por su vientre y su corazón. El cuerpo se le enfría por completo y el brillo y candor de su pecho solo continúa en el cosquilleo de los dedos del hombre, este besa la frente de Cupido y la luz se le vuelca en la nuca desde lo alto de la pirámide. Allí siente esa luz colándosele por los poros y fluyéndole por la sangre, llegando al corazón y encontrándose con ese cosquilleo que Cupido le había provocado. De repente su cuerpo entero estalla en éxtasis y siente la vibración en cada partícula de sus ser, las agradables cosquillas de Cupido ya no son ajenas, son propias y nacen desde su corazón. Siente el aleteo de mariposas, aves y dragones en su estomago, siente que el calor no lo abandonará jamás y, por último, siente que la herida en su pecho desaparece y solo puede recordar a La Indicada con la mayor de todas las gratitudes, con un sentimiento de agradecimiento y dicha irrevocables.
Se pone de pie, solemne, y la barba se le deshoja como árbol en otoño. Saca las tres flechas del cuerpo y luego lo levanta, lo aparta a un costado y toma la alforja que cuelga de la espalda de Cupido. Se para bajo la luz de la pirámide y el corazón le habla, sin utilizar palabras le dice que meta su mano dentro de la alforja. Allí encuentra el pedazo faltante de la carta.

“Oh ahora comprendo, divinidad, que no hay más que sufrimiento para mí, que la muerte no es opción y que lo he echado a perder yo también. He acusado a los hombres de la peor de las ultrajas y no he visto, porque cegado estaba, que yo también estaba pecando. No concibo que la culpa me castigue, no concibo que nadie me castigue porque he hecho lo que debía hacer. Pero ahora comprendo que mi cuerpo puede soportar mucho más pesares de los que yo creía y que aunque la muerte nunca pueda encontrarme quizá sea alguien más quien me encuentre y así yo podré compartir todo esto que he aprendido sobre el amor. Porque claro, matarme con mis propias flechas, aniquilarme con amor ¿Es eso posible? Que idiota fui, si el amor es para uno y es para todos, no es para mí ni para ninguno de los hombres, simplemente es para todos. Sepan o no aprovecharlo, el amor debe estar allí para ellos y ahora, oh  calamidad de antaño, recuerdo del albor de los tiempos, dolor del nacimiento solo existes tú. Y conmigo aquí postrado, inmóvil, inútil los hombres se están matando, rasguñando pieles y paredes para conseguir como mineros en lo más profundo de su inmundicia, un poco de amor que, como el oro, les llene los arcones.
Que mis lágrimas me sequen y me hagan sufrir más, porque solo así seguiré entendiendo mi función en este mundo, solo así comprenderé del todo, que Cupido no puede morir jamás.”

Y ahora sí, un punto final da por terminada la carta, junto a las marcas de dos labios que besaron el papel. El hombre mira a Cupido y este no respira. Se acerca a él y derrama sus lágrimas de enamorado sobre el cadaver. Se coloca la alforja al hombro, guardas las flechas y se pone de pie. Toma el arco y un estallido de luz lo ciega; Desde lo alto de la pirámide lo encandila una luz distinta, una luz que se refleja en cada una de las paredes internas y que llega a él desde todas las direcciones. Cierra los ojos por un momento y siente la luz filtrándosele por los párpados y dejándolo ciego.
Aún deslumbrado, tantea con sus pies el suelo empedrado para dar pasos cortos. La luz cegadora se ha ido. Llega al centro de la pirámide y afina la vista; Observa sus manos, limpias y perfectas. Observa el arco que en una de ellas sostiene y ve, que este ya no está desvencijado y viejo, sino que brilla con un lustre divino que le provoca placer al tocarlo. Observa el cuerpo de  Cupido y ve, que en su lugar, hay una fuente de agua.
Se acerca a la fuente y moja sus manos en ella, se lava la cara pero la encuentra impoluta. Se enjuaga la cabellera pero la encuentra recortada y sedosa.  Se mira en el reflejo del agua y comprende; Cupido no puede morir jamás.  


   

   

martes, 17 de septiembre de 2013

Maria Angélica Ianello de Vals.


En la pared detrás del piano de cola marrón se exponen las fotografías que a lo largo de su vida habían ocupado un lugar sobre ese viejo tapizado beige bien iluminado.
     A la derecha, bastante arriba había un portarretratos mediano con un marco metálico lujoso, bonito y un poco ennegrecido por el tiempo. Allí había una mujer retratada hasta su pecho con un vestido rojo muy brillante, una sonrisa deslumbrante con los labios rojos y un cabello corto, rubio y alocado.

     La mujer tenía unos cuarenta años y la foto, al día de la fecha, diez más. La expresión alegre y jovial que contagiaba el júbilo y las ganas de reír se manifestaba en varias de las fotografías.

     Había una, en particular, una que llamaba mucho la atención por lo nueva que era, parecía hasta expendida por una impresora casera de buena definición. En ella estaba María Angélica Ianello de Vals, con toda su elegancia parada en un camino empedrado, con un vestido negro y un tapado de piel ostentoso y sin dejar de utilizar los accesorios de manera correcta; La pequeña cartera colgando del antebrazo izquierdo, la gargantilla brillando en el cuello tostado a pesar de lo espesa y fría de la noche en la fotografía, los guantes blancos en ambas manos y el marido agarrado por el codo.  

     En otra de las fotos, sin marco pero con un vidrio limpio y reluciente, María Angélica estaba agarrando por el codo a otra persona, era un niño rubiecito y semidesnudo, el pequeño miraba hacia un costado sonriente y de su inmenso pañal salían dos piernas regordetas que se perdían en el césped bahiano. A la sombra de un árbol frondoso, María Angélica y su corta cola de caballo atada en lo alto de la cabeza rubia, se encontraba con su nieto, sentada en el suelo en la posición del loto, con un pantalón de lino marrón claro y una camisa completando el conjunto. Detrás de ellos, muy cerca del árbol, se encontraba de pie un hombre con anteojos con una chomba verde agua y un pantalón beige.

     Este mismo hombre, en otra foto un poco más grande y con un discreto marco de madera, se encontraba a la izquierda de la mujer al borde de una mesa. A la derecha de ella había otro hombre que se le parecía, ambos eran jóvenes y tenían su alegría contagiosa al igual que la mujer que rodeaban, quien, con una camisa blanca e impoluta de seda y un pantalón tiro alto de color crema se encontraba inclinada sobre una gran torta de cumpleaños con una velita plateada en el centro. De su cuello colgaba una pieza de herrería dorada y vistosa que caía con elegancia hasta hacer pender una piedra roja y brillante a varios centímetros del mentón.

     Este mismo collar lucía una señora que posaba en una pequeña y cuadrada foto al lado de una niña rubia de cabellos largos que, portando la misma sonrisa que María Angélica, escondía sus manos en la espalda y levantaba el mentón con alegría. Lo otro que lucía la señora eran las arrugas y un cabello blanco y como de brushing humedecido que se enroscaba en un rodete tosco en lo alto del pelo. Con una seriedad incuestionable y una mirada casi de soslayo los ojos oscuros de la mujer estaban clavados en la cámara y brillando en lo pálido de una piel bañada por el sol de la ventana en la que, con solemnidad, apoyaba el codo izquierdo.

La fotografía estaba bien iluminada pero, a pesar de esto, se perdía en lo magnánimo de los otros cuadros. Su resolución denotaba una tecnología hoy obsoleta y su estado de conservación el de un objeto que ha pasado por muchas manos y muchas cajas hasta llegar al lugar donde está. El pequeño portarretratos era de un metal plateado y brillante que se había percudido en las partes profundas de cada muesca tallada.


Quizá por lo lindo que le queda el reflejo de la luz, o quizá porque así quedaron agrupados los únicos dos marcos metálicos de la colección, es que a esta pequeña fotografía se la encuentra a la derecha y bien arriba, en la pared de tapizado beige y detrás del piano de cola. 

Chakra Laringeo (Sobre como se expresa tu madre).

     Quien bien conoce a tu madre sabe que, a pesar de no ser una mujer de muchas letras y lecturas, su humor es un tanto intelectual en los campos que ella domina. Recuerda el día que fuiste, todo vestido de azul, a preguntarle si así estabas bien para ir al cine y luego a bailar; “Y… estás muy chakra laríngeo pero estás lindo” te dijo. Porque claro, su léxico gira en torno a sus saberes, y sus saberes tienen mucho que ver con esas cosas; chakras, energías y demás.

     Siendo una reflexóloga en constante formación y creyendo fielmente en la medicina alternativa, vos bien sabés que acercarte a ella para quejarte de algún dolor en el cuerpo es una trampa de doble filo; Que el resfrío es por retener el llanto, que la conjuntivitis es por no estar viendo algo, que la angina es por no expresar algo y así todo. Sin embargo, volvés siempre, harto de pedirle que no te analice los pies y que solo se limite a dar un examen objetivo de tu estado de salud, volvés. Pero ella, que siempre fue un poco bruja, te mira los pies y, con sus conocimientos de terapeuta holística te empieza a atacar con preguntas que cada vez se van tornando más incómodas e íntimas.

     <<Mamá, me duelen un poco el talón y el tobillo>> le dijiste una vez, como pidiendo masajes de la manera más indirecta que pudiste. Y Allí comenzó, jocosa, a reírse de vos y a hacerse la interesante escatimando la información que estaba en su cabeza; Que el talón “es el concretar”, que el tobillo son los órganos sexuales y así durante un rato, hasta que la conversación terminó en la idea de que “una vida sexual más activa” solucionaría todos tus problemas. Entre risas, divertida y astuta, tu madre te ha dejado boquiabierto y ruborizado una vez más.

     Por supuesto, a veces también se le da por dejar de lado (por un rato) su cara de sanadora y también hace preguntas. <<¿Cómo andás vos de amores?>> te dijo una vez. Sin evadir el tema, contestando con sinceridad y rapidez le contaste que no, que estabas bien amando a tus amigos y a nadie más. Luego de insistir un rato dando vueltas en la misma pregunta se resignó, pero no sin antes, emitir un último comentario que tanta falta le había hecho a la conversación. <<Y claro… así como no te va a doler el tobillo>>. 

Certificado de algo.

Estás parado en el medio de la cancha de básquet de un colegio estatal ¿Qué hacés ahí? Y ¿Por qué toda la gente está a tu alrededor? Una gran multitud formada por jóvenes de guardapolvo y madres con carteras ridículas se habían colocado alrededor de un especio delimitado por los niños más pequeños de la escuela, pero… pero vos sos de los más chicos de la escuela, en teoría, vos deberías estar ahí, con tus compañeros pero estás parado, casi en el medio, con todos mirándote. ¿Y qué es eso que tenés en la mano? ¿Un certificado? ¿Un diploma? ¿Ganaste algo acaso?

A tu espalda los parlantes amplifican la voz de una señora que termina de decir tu nombre y hace un breve silencio para que la gente desborde su pasión en aplausos y silbidos. Obviamente eso no pasa porque vos sos el primero en estar ahí, parado en el medio de todos y como no te conoce nadie no te van a aplaudir con fervor hasta que no estén sus propios hijos allí. Pero la verdad es que mucho no parece importarte, estás perdido en las costuras del guardapolvo blanco, en los abrojos mal abrochados de las sandalias, o en el patrón de puntitos y rayitas que tiene cada baldosa. Con tus dedos recorrés el contorno de un pedazo de papel o cartón que te dieron hace un rato, este gira y gira en tus manos porque a vos te entretiene mucho sentir los bordes del papel una y otra vez. Lo que no te preguntás es ¿Qué es ese papel? Probablemente sea un premio, o una foto. En realidad te da igual, podría ser un certificado de nacimiento o uno de defunción que la cosa no cambiaría, seguiría teniendo bordes muy entretenidos para recorrer.

     La segunda persona que la señora llama por el micrófono es una niña de tu propio curso, le sonreís contento y ves como ella mira al público y muestra su dentadura imperfecta a las cámaras; porque claro, está plagado de cámaras de fotos, y flashes, y risas. Ahora le prestás atención a los aplausos y te divierten un poco, de todas maneras, es mucho más entretenido ver el cielo al final del gimnasio. Las palabras de la señora ya se desdibujaron hace rato y ahora son varios los nenes que entraron y se encuentran formados uno al lado del otro, a tu izquierda. Todos visten guardapolvos blancos. La única de tu edad es la niña, los demás son más grandes, y entienden más lo que está pasando, miran sus diplomas, sus certificados, sus “no sé qué” con orgullo y sonríen como si estuvieran en una coronación.

     De repente, entre el bullicio y el ajetreo, recordás uno de los últimos días de clase. Hubo una votación en tu aula y te eligieron a vos como “Mejor compañero”. No importa por qué, ni te acordás seguro. Pero seguro que esto tiene que ver. Pero bueno, también las profesoras te eligieron como “Mejor alumno”, y no sabés muy bien qué significaba todo eso y qué beneficios te podía traer pero no importa, algo ganaste. Te pusiste contento y sonreíste frente a la gente. Por un rato, después te dio curiosidad otra cosa; ¿Por qué estamos Aldi y yo solos acá parados? ¿Qué se ganó Aldana? Y ahí es cuando te arrepentís de no haberle prestado atención a la señora que aún no había dejado de hablar. Te das vuelta y la ves, vestida de negro, con rulos y frizz, la expresión dura en un sonrisa y las palabras vacías brotando de su boca directo hacia el micrófono. Es en vano, ni te mira.

     Volvés la vista al público y hasta ellos ya están cansados de escuchar nombres y aplaudir, se les nota en la cara, pobres. A vos te duelen un poco los pies así que empezás a tirar el peso hacia un pie por un rato, luego al otro y así, tambaleando frente a todos. Estás en tu tarea cuando, de la nada, se te ocurre una idea brillante, probablemente el haber ganado esas votaciones tenga que ver con el hecho de que ahora esté sosteniendo el papelito con cara al público. Con total naturalidad girás el papel y lo mirás vos, dice algo de “Mejor…” pero no te das cuenta si es “…Compañero” o “…Alumno”. No importa. Alguno de los dos es, debe ser el certificado que dice que ganaste “mejor algo”.


La que no ganó nada es Aldana, no sabés muy bien qué hace ahí, pero seguro que ella debe tener el otro “Mejor algo”. Se lo habrán regalado, o por ahí ella te lo da a vos después, total, a vos te da igual. A ella le gustan las fotos y está contenta. No tiene caso que lo sigas pensando, ya es hora de cambiar el peso del cuerpo hacia el otro pie. Mirás tus bermudas amarillas mientras realizás la acción y la vista se te va, te volvés a perder en los patrones de las baldosas y el certificado de algo vuelve a girar entre tus dedos. De manera abrupta te saca del trance la música, agudizás el oído disimuladamente y reconocés la canción que acaba de empezar, ponés una sonrisa grande en la cara porque te la sabés y empezás contento: “Oid mortales, el grito sagrado, libertad, libertad, libertad…”  

Mi media naranja.

¡Ay Irma, cómo te extraño! ¿Por qué te fuiste Irma? Te hubieses quedado acá conmigo, a vivir la playa eterna de Mar del tuyú. ¡Ay Irma! Si sabré yo lo que debés estar extrañándome. Perdóname Irma por dejarte sola con tus bikinis angostitas y tu marido fanático de la sunga. Perdóname enserio, pero ya estoy vieja y no tengo fuerzas para volver.

     ¡Las veces que habremos esperado el llamado de “La Su” juntas! ¡Las giras bronceadoras que habremos hecho por San Clemente, Las Toninas y Mar de Ajó! Yo sabía todo de Irma. A Irma los bordes de la pizza no le gustaban. Los de la tarta, en cambio, la volvían loca. Otra cosa que odiaba Irma era el corpiño deportivo, por eso llevaba su colección de bikinis a las clases de Yoga. 

Siempre funcionamos como un amuleto para la otra, piel a piel íbamos juntas a todos lados. No había peatonal que no conociéramos, no había choclo playero con el cual no nos hubiéramos enchastrado, y… ¡Ay! Ni hablar de los churros con dulce de leche –y arena, claro- que tanto habían estirado nuestra figura.  

Si pudiera hablarte ahora, mi querida, te haría saber lo incondicional que fuiste para mí esos domingos de asado y pileta en la quinta del Jorge. ¿Te acordarás vos, de cómo nos alejábamos de las charlas masculinas para pasar tiempo a solas y en silencio? flotando boca arriba y olvidando el cuaderno rojo a lunares blancos de Fede y los calzoncillos rotos de Eduardo, que claro, en cualquier momento nos interrumpía y se tiraba de bomba a la pileta con la sunga amarillo fluo que le había traído Jorge de Brasil.

     ¿Por qué nunca fuimos juntas a Brasil, Irma? La escapadita nos hubiese venido bien a ambas. Pero bueno, definitivamente nuestra última aventura fue Mar del tuyú. Yo sabía que este viaje iba a ser especial. Lo sabía desde el momento en el que la profe de yoga nos dijo: “Estoy segura. En este viaje te pasarán cosas inolvidables”. Y una le cree, obvio, pero lo que menos se espera es que la vida cambie tan rotundamente.

Nuestra relación era especial, yo no me cansaba nunca de abrazarte y, vos, año a año, me elegías a mí para acompañarte a estrenar la temporada. Pero yo ya estaba vieja y estirada, tarde o temprano me iba a cansar de las pelotas de arena que nos tiraba Fede y de las manos bruscas de Eduardo.


Perdoname Irma, no tengo excusas. Mis brazos languidecieron hace tiempo y, empapada en tristeza, solo me queda asumir que cuando esa ola nos golpeó ferozmente, yo te solté. Un poco adrede y un poco sin querer. Aunque no lo hubiese querido mis nudos no hubieran aguantado, vos cada vez estabas más gorda y a mí me costaba mucho contenerte. Así que me alejé, me alejé flotando para convertirte en ese recuerdo de aquella amiga que detestaba los bordes de la pizza pero enloquecía con los de la tarta, ese recuerdo de la mujer que odiaba los corpiños deportivos y, por esa razón, me llevaba a mí, su bikini favorita, a cada clase de yoga.    

La primera vez en nacer.

En un principio no era más que movimiento. Sin cuerpo y sin materia mi existencia se basaba en moverme de un lado a otro, de un lugar a un no lugar, pasando por todo lo existente y por la nada al mismo tiempo. Las fronteras eran confusas y no conocía el tiempo. Poco a poco la consistencia fue mutando y en cada movimiento tracé un recorrido irrevocable, recorrido que nunca fue el mismo y que nunca sentí de la misma manera dos veces.

                El júbilo y el bienestar del ritmo constante me poseía en su recorrido, las luces parecían atravesarme y ser parte de mi energía, y esta energía una sustancia sutil en constante formación, nutriéndose de todo lo que existía entonces. Poco a poco los movimientos compusieron armónicamente, en su andar, figuras compuestas de sabiduría incuestionable. De repente, el trayecto cambió, la consistencia cambió.
Pero la energía se mantuvo, comencé a fluir en un conjunto, existiendo tanto en mis pares como en mi propio ser; esencias sin cuerpo pero en unidad. Agrupados por la acción cinética de existir recorrimos distancias sin medida hasta encontrarnos en un sitio, un lugar. Allí la unidad nos volvió uno.

¿Sabrán los griegos que Cronos, el devorador del tiempo, sería Saturno para los romanos? ¿Sabrán los romanos que Saturno sería el sexto planeta del sistema solar?, alrededor de este, giraba nuestra energía en constante movimiento, ahora con un rumbo preciso, ahora con una forma indicada. La roca circunvalaba el planeta sin comprender la ironía ilusoria del tiempo que devoraba nuestra materia, pero entendiendo que nuestra energía era la de una roca y a su vez, la de todo lo que nos rodeaba.

En el viaje la mutación continúo, nuestra energía transitó variadas instancias y, cuando fue el momento preciso, nos agrupamos de nuevo y la vida se encargó de crearlo. Él se vio a sí mismo, acobijado en un vientre, la materia era suya y se complementaba con su energía. El calor y la creación eran ya, un sentimiento tangible. La vida humana, una experiencia recién nacida y el movimiento constante, un recuerdo agradable. Allí dentro, su protectora le habla y él contesta, la energía se nutre de su amor y la materia (su cuerpo) crece y se desarrolla. Los pensamientos circundan en su cabeza y la curiosidad hace su entrada triunfal.


 Él pone atención a sus extremidades, siente la existencia de un par de piernas y se pregunta de qué le servirán allí afuera, cómo será todo cuando salga o cuál es su deber. La respuesta llega pronto y él se dice a sí mismo  “Tal vez solo deba hacer lo mismo que antes y solo se trate de movimiento. Debemos asumir que para ello son estas piernas; Para salir de aquí y movernos en conjunto.”  

Un hippie inicia una guerra.

             Huir. De eso se trata, correr, escapar del enemigo para no ser atrapado. Entre jadeos y sudor frio esconderse entre las plantas e intentar que los pulmones tengan un ritmo acompasado y tranquilo. Disminuir el pulso cardiaco para no ser encontrado, De eso se trata.

              La guerra los acecha a todos por igual, es algo de lo que nadie en todo el mundo se puede salvar y, a la vez, es algo en lo que todos, sin dejar excepciones, deberíamos formar parte. Con el tiempo los focos bélicos se irán expandiendo; Las luchas por atrapar al otro y las risas apagadas entre medio.

               ¿Cómo había empezado todo? Dos corrían, ella delante de él. La chica encuentra un escondite, el chico la descubre, la agarra por las muñecas con firmeza y la tira al suelo, se acerca rápidamente y le descarga sus municiones en la frente: Unos cálidos y húmedos besos.


               Ahora eran cuatro los que corrían, dos escondites se encontraban y los mismos se descubrían, se descargaban más besos y ahora eran ocho los que corrían, así fue como empezó esa verdadera guerra mundial de la que todos necesitamos formar parte, una guerra contra familia y amigos, contra animales y plantas, contra el mundo mismo, una guerra de besos y abrazos.