domingo, 29 de junio de 2014
Un golpe de horno.
Quizá crecer sea aprender a dejar el pan en el horno y no pasmarlo por sacarlo antes de tiempo.
La niebla en la calle te recuerda a una película de terror; desde muy pibe tenés la fantasía de salir con un bate de baseball a reventarle los sesos a los muertos en vida, pero vamos, seamos sinceros ¿De dónde sacarías un bate de baseball en calchaquí y gutierrez? El conurbano no conoce los bates de baseball y ambos sabemos que con una pelota de fútbol no podés hacer mucho.
El barrio está decadente, frío y recién asfaltado, miro la sombra de los palos de luz proyectarse en la vereda hacia un lado y hacia el otro, parpadeo y las cosas cambian, los duplex nuevos se construyen, en el jardín crece el pino que tiene tu edad, pero el pasto de la entrada de casa no, porque seguís jugando a la pelota con tus amigos del barrio y usando de arco el portón.
Me esfuerzo en ser autónomo, sincero y directo, pero al cerrar los ojos solo puedo preguntarme ¿Existen las cumbias tristes?, detrás de la gedencia y la mala yerba debe haber penurias cantadas, expuestas, bailadas. Tantas damas regaladas no pueden hablarnos simplemente de la promiscuidad de nuestros cuerpos. Detrás de todo hay un corazón.
Quizá crecer sea abrir el corazón. O cerrarlo, y empezar a tener miedo.
Por mi cuerpo pasan cortes de pelo y retoques en la barba, mientras que en el barrio se podan los árboles año tras año. sin embargo, volver implica recordar, irse tan atrás con los pensamientos que los carruajes tirados a sangre remiten a los caballeros de la orden dromómana. Escudados, ellos, en sus viseras caras y en esas armaduras deportivas que compraron en la salada.
Siempre te gustó ese circo, pero ahora te quema en las manos el fuego del arma que nunca tuviste. Te quema en las manos mientras te envuelve la niebla y el frío te cala los huesos. Temblás, apretás los dientes para no tiritar, pero ya no sé si es el frío, o el miedo lo que te afecta.
No sé si son lágrimas o gritos lo que traducís en emoticones abstractos que no llego a comprender, no sé si es tu grito de ¡GOL! lo que me hace falta pero en el partido que pasaron hoy se definió todo a último momento, por un penal, por una patada baja que nadie vio venir. No quiero que caigas en la humillación de la tarjeta roja que mancha del color de la sangre tu propia armadura villera.
Quizá crecer sea darse cuenta que en el juego se puede perder.
Las murallas protegen tu reino encantado que solo logra visitar la música fuerte y la comida chatarra. No me pidas que no me preocupe si estando tan cerca estás tan lejos. Si a pesar de todo en tus ojos veo la adolescencia haciendo estragos, las hojas del árbol caer y la pelota desinflada en el patio que da a la calle.
Le ruego al glaciar que haga las veces de dique, que pare las aguas que ya están turbulentas. Que enfríen la sangre de los que huyen del fuego. No dejes que el frío te asuste, el invierno también puede ser feliz.Detrás del casco y la cota de malla hay un mundo, con arpías verdes y dragones en motocicleta que solamente le temen al amor.
Te asusta el viento, los gatos en la terraza y el pelotazo en la chapa del techo. Las llamas se apoderan de las esquinas, ya no discernís entre el fuego del dragón y el de los guerreros que intentan abatirlo ¿Por qué nadie entiende al dragón? ¿Por qué nadie deja su armadura y ve más allá del fuego de colores? Quizá sepas algo del fuego que nadie más sabe. Quizá por eso las calles arden y tu cabeza explota dentro de esa armadura que solo se derrumbará cuando las lágrimas caigan.
Quizá crecer sea sacar el pan del horno y dejarlo prendido, tras haber notado que el frío se apoderaba del hogar.
viernes, 18 de abril de 2014
El peón, el amor y la tierra.
Observo el gris en el cielo y siento el frío del viento correr entre
mis piernas, mi cuerpo desnudo soporta la inclemencia y la recorre con un poco
de melancolía y otro poco de añoranza.
No quiero regar más las mismas plantas y recibir, año tras año, las
mismas primaveras.
Quiero magia
en cada fruto y magia en cada flor, quiero otoños de disfrute en donde la
cosecha recogida nos dé de comer nueces y almendras.
Es tonto, pero quiero, ante todo, los chocolates y la chimenea, las
películas malas y las frazadas compartidas, aprovechar el sol en cada mañana y
que solo en las noches me falte el calor.
No quiero arar más este eterno páramo en donde mis semillas no logran
fecundar.
Quiero la
providencia de la tierra prometida o un simple peral para las mermeladas. Es
tonto, lo sé, pero ya me duele el estómago de ese ajenjo amargo mezclado con
hielo que tomamos en cada encuentro. Y además, la máquina de arar se ha oxidado
toda.
Oh, claro, el invierno. El invierno y yo, nevando.
Mis dedos fríos, helados, ruegan
por el vapor de una ducha que me arrugue la sensibilidad, que ablande cada una
de mis extremidades y relaje mi espalda torcida.
Es hora de
moverse, aceitar los engranajes y vomitar el óxido que el estar estáticos nos
provocó. Es hora de moverse y dejar de conformarse con el movimiento de la
lluvia que- a falta de lágrimas- supo saciar nuestras pasiones y apagar
nuestros incendios.
Y la lluvia, que se encargue ella de regar nuestro jardín porque yo ya
estoy para otras cosas, la regadera se me ha oxidado mientras la sostenía y
hasta mi mano está carcomida por la inestabilidad del metal erosionado, frío y
frágil.
Y la regadera, vacía y seca, no llora; Espera. Espera llenarse de la
lluvia que la alimenta con todo su amor de tormenta y con sus caricias de madre
naturaleza. Las gotas resbalan por su cuerpo y descascaran su pintura, agrietan
su piel y la marchitan.
Y yo, Yo no quiero eso para mí, el óxido en mis manos que no se
extienda más allá porque yo ya he dejado de esperar la cosecha idílica que le
prometí a tus campos.
Me orino encima para experimentar un poco de calor. Con los pies
hundidos en tu tierra que ya ha echado a perder hasta la más pura de mis
semillas, disfruto. Siento el óxido desprenderse de mis manos, siento la lluvia
lubricando mis ojos y lloro. Estoy húmedo, pero cálido por dentro. Te escupo y
río, el rencor se va con cada una de mis maldiciones, pateo el barro y
enchastro mi cuerpo. Comprendo, recuerdo
y me tiro al suelo. Hundo mis dedos y atravieso tus fríos estratos, lastimo mis
uñas, vuelco mi sangre y no me importa, es lo más parecido a un abrazo que te
puedo dar. Te amo, pero siento el óxido, una vez más, creciendo entre los dedos
de mis pies.
Oh, claro, el invierno. El invierno y yo, oxidado.
Es hora ya, de que el cuerpo se lubrique, se mueva, transpire. Es hora
de que la saliva arda bajo la lluvia y que nuestros fluidos caigan al suelo,
abonen la tierra y promuevan la fertilidad.
No puedo seguir siendo el espantapájaros harapiento que aleje las aves
de carroña de tu jardín, tengo pies para avanzar y voy a hacerlo. Trabajar
otros campos, enterrar en otras tierras las semillas que beso antes de arrojar.
Quizá simplemente sean mi semillas las que no quieren germinar pero ¿Por qué
seguir entonces? Mejor me marcho.
Sin hacer más escándalo y dándote la espalda me pierdo en el horizonte,
no sin antes dejar caer de mi brazo la última muestra de afecto. Una esperanza
añeja abre mis dedos y se pierde en el barro la última semilla que estoy
dispuesto a regalarte.
martes, 7 de enero de 2014
Matar a Cupido
Cuando inició su travesía llevó consigo una mochila
vieja y un corazón roto. Se propuso a sí mismo dejar en el camino la marca de
su paso, se propuso a sí mismo ser un héroe, como siempre había querido. Por
las noches soñaba con la grandeza, con entrevistas en la televisión y su nombre
en todos los libros de historia. En un arrebato de soberbia y majestuosidad se
vio a sí mismo gobernando un mundo utópico. Pero tarde o temprano tenía que
despertar, ver la tierra que le ennegrecía los codos, tocar el pasto húmedo que
le helaba los huesos en la madrugada, levantarse y seguir.
Al partir no dio explicaciones, no buscó
justificarse, simplemente se despidió y se fue. Abandonó su hogar porque su
habitación se había convertido en una sala de tortura. Su rutina se había
vuelto su calvario, no porque renegara de la rutina, sino porque todas las
mañanas eran malas ahora que desayunaba solo, ahora que al abrir el placard la
mitad de las perchas estaban vacías. Cada noche le encadenaba pesadillas en la
mente y le mojaba la almohada, la cama no era más que su propia barca de
Caronte. Pero Caronte no estaba, no estaba su madre, ni su hermano, tampoco
Sara, la pequeña perra sin pedigrí que había recogido de la calle cuando tenía
doce.
Las rodillas le temblaban y la piel se le pegaba a
las costillas, el hambre y la barba eran dos cosas que nunca había tenido. Cada
piedra en el camino lo hacía más fuerte pero le raspaba aún más los tobillos.
Esa mañana se sintió derrotado, olvidó su misión y su grandeza. Se detuvo a observar
el horizonte y el dolor se expandió desde su pecho hasta llegar a su cabeza.
Ahí recordó aquella otra mañana en la cual armó un bolso y partió guiado por
esa misma vibración en el pecho que ahora le hacía sudar en frío. Sintió a la
brújula de su corazón perdida, desorientada y derramó una lágrima antes de
desplomarse en el suelo.
Había sido siempre un tipo de oficina, nada especial,
ni grandilocuente. Solo un obrero que rompía su espalda para sobrevivir. Sus
metas no eran nada de otro mundo; casarse, tener un hijo, comprar una casa con
patio amplio, adoptar un perro de la calle y armar todos los veranos la pileta
de lona para refrescarse por las noches. Por miedo a lo desconocido tardó en
enamorarse, tuvo que llegar La Indicada
para que pudiera sentir el fuego en su pecho y las mariposas en el estómago. De
pequeño su madre le decía que cuando menos lo esperara Cupido le lanzaría la
flecha que lo marcaría con la más hermosa cicatriz que pudiera soñar. Y él
esperó, sin muchas ilusiones, y hasta
descreído por momentos, conformándose con
relaciones vacías que solo satisfacían su sexo. Pero cuando vio a La
Indicada cada una de las palabras de su madre resonaron en su cuerpo y entrar
en el de ella fue como volver al vientre materno. El primer regalo que le hizo
fue una postal rebosante de cursilería que caricaturizaba a un cupido simpático
con un manojo de flechas en su mano.
Al abrir los ojos no recordaba dónde estaba, qué
hacía allí o cuál era su nombre. Tampoco recordaba el de ella pero podía sentir
la marca de la que su madre le había hablado cuando niño. Era una marca
profunda que ya no generaba la adrenalina de estar hamacándose a grandes
velocidades, sino más bien se sentía como el ardor que provoca el hielo seco al
tocarlo. Ahora que ya no estaba, La
Indicada no era más que una marca, había dejado de existir y pronto la barba seguiría creciendo hasta tapar la
cicatriz, cubrir el pecho y enrejar el corazón. Quizá así el dolor de su pecho
se iría, el de su cabeza curaría en pocos días; Al parecer la pérdida de
conocimiento le había hecho caer sobre una roca, por eso le dolía tanto, lo que
no comprendía era las vendas alrededor de la herida y la habitación de paredes
de barro, iluminada con velas en la que se encontraba. Un hombre mayor entró en
el cuarto y se acercó a él, su barba era mucho más larga y blanca, al instante
él se puso a pensar en la cantidad de penas que podría cubrir esa barba y soñó
despierto, con la grandeza de su barba, con la barba más larga del mundo, las
entrevistas en la tevé y su nombre en el libro de record guiness. El anciano le
preguntó por qué sonreía y él se sintió un poco tonto.
Como no podía ser de otra manera, la noche en la que
La Indicada lo dejó el cielo lloró con él. Las goteras del pasillo de su casa
fueron su única compañía en esa primera noche de soledad después de tres años
de relación y convivencia. Tras el desgarro de su alma decidió rasgar, también,
las fotos, los regalos y todo lo que le recordara a ella. Revolviendo los
cajones encontró la postal con el cupido, y vio en la sonrisa del angelito
gordo y con pañales una gota de sadismo, vio en su mirada la picardía de un
dios que lleva al hombre a la perdición. Vio en Cupido, al mismo diablo. Rompió
la tarjeta en cuatro y exclamó “Debo matar a cupido”.
Miró al suelo cuando se lo dijo al anciano, pero este
se rascó el mentón y negó con la cabeza.
-No podrás matar a Cupido - Le dijo el viejo - Cupido
ya ha muerto, se ha suicidado.
Confundido y perturbado él se sentó en la cama, miró
al viejo con seriedad y este le sostuvo la mirada. No parecía estar bromeando.
Derramó una lágrima y un par de preguntas.
-Yo supe ser como usted, jovencito –Lo consoló el
anciano- Mi corazón era un rompecabezas con piezas extraviadas cuando emprendí
mi viaje en busca del verdadero amor.
-Pero yo no busco el verdadero amor, lo que yo quiero
es que nadie decida por mí a quién deseo amar. Lo que yo quiero es que Cupido
muera, para que todos podamos amar sin leyes ni mandatos. Y quiero que su
sangre corra por mis manos para que al alzarlas el mundo entero agradezca mi
labor- El viejo ríe y el sonido reverbera en las paredes de barro.
-Cupido a muerto, no hace mucho, se ha cansado del
mundo, se ha cansado de lo mal que usamos los hombres el amor. Ha visto como
muchos creen estar flechados cuando en realidad solo están obsesionados. Y
luego, cuando las cosas salen mal, se olvidan de todo lo bonito y descreen del
amor, se enojan con él y… se vuelven duros, fríos y malvados, tanto así que ni
a sus hijos pueden proveerles de verdadero amor.
Él se quedó en silencio. Respiró profundo y volvió a
recostarse. Por la mañana abrió los ojos y su pecho le latió con fuerzas, huyó
sin despedirse otra vez, guiado por la brújula de su pecho que le indicaba la
dirección y a cada paso lo convencía aún más de que el viejo mentía.
Los días pasaban y cada vez se sentía más fuerte, más
convencido e impulsado a seguir. Y así continuó caminando y recorriendo el
mundo hasta que sus rodillas volvieron a temblar, se detuvo en seco y una gota
de sudor le cayó desde la sien hasta el cuello. Miró al frente y su corazón le
dijo “Es aquí”. Observó entre algunos árboles y divisó una pequeña pirámide de
piedra cubierta en musgo con un umbral en una de sus paredes. Mientras se
acercaba el corazón le latía más y más fuerte, le fue imposible no sonreír.
Apretó sus puños a un costado y entró corriendo por el umbral.
Cupido yacía sobre el suelo y un rayo de luz caía en
su frente desde la punta de la pirámide. Él giró su cabeza y lo miró a los
ojos, exhalo una última bocanada de aire y dejó de moverse. En una de sus
muñecas tenía clavada una de sus flechas, otra en el pecho y una tercera en el
vientre. No había, siquiera, una gota de sangre y en su mano derecha sostenía
un papel doblado en varias partes.
Dando pasos torpes, se acercó al cadáver y en su
camino tropezó con el arco desvencijado. Al caer su mentón se abrió por la
mitad y la sangre comenzó a salir a borbotones. Un hilo rojo y brillante como
nunca había visto antes manó desde la oreja de Cupido, se volcó en el suelo y
formó un charco que al poco tiempo se fusionó con su sangre en el
empedrado. Arrodillado y con los harapos
(pegoteados en polvo y sangre) que llevaba de atuendo se arrastró hasta la mano
de Cupido. El primer contacto le pareció frío y lejano, como tocar el lomo de
su perra Sara en esa mañana invernal en la que decidió no despertar jamás.
Acarició con cariño su mentón imberbe, su cuello y su
pecho, y notó que allí aún vivía un ápice de calor y brillo, pero no era
humano. Pudo sentir la energía de Cupido cosquilleándole la yema de los dedos y
llegándole al corazón, asentándose allí mismo donde en su pecho yacía la marca
que La Indicada le había perpetuado. Se separó del cadáver por miedo a amarlo,
por miedo a su calor y su vibración imperceptible. Observó el papel entre sus
manos y lo tomó. Comenzó a temblar y a sentir sudor entre sus dedos, el miedo
que ahora sentía era un miedo distinto. No era como ser niño y quedarse
encerrado en el ropero, no era como que se corte la luz en una madrugada de
tormenta, era totalmente distinto, porque no era miedo a la oscuridad. Por cada
desdoble del papel el corazón se le enfurecía de pasión, no quería leer lo que
en sangre escrito allí se encontraba pero lo hizo de todas maneras, porque ya
no podía evitarlo.
“Oh calamidad de
antaño, recuerdo del albor de los tiempos, dolor del nacimiento. Ruego a
ustedes me encuentre su luz, su oscuridad, su magnánimo poder que todo lo calma
y todo lo apacigua. Oh heridas del alma que son santas, que no sangran, que no
sanan, heridas del alma que aún así duelen y perturban la pureza de mi corazón,
desaparezcan, váyanse de mí. Les ruego, poderosos del otro lado, acaben con mi
calvario que ya he cargado esta cruz por mucho tiempo, no me castiguen por
ello, a mí, que soy el amor, entiéndanme; Tengo razones para morir.
¿Para qué
continuar? ¿De qué serviría? Si el amor es más para el hombre un arcón de
doblones de oro que una canción improvisada. ¿A quién le debo mi labor? Si por
cada flecha, que me astilla los dedos y el corazón, hay un hombre enfadado. Si
por cada penetración de amor puro y solemne hay otra de libidinosa atracción
carnal. Si por cada confusión en el hombre, he de ser yo el culpable. Si por
cada hombre enamorado hay una cadena y por cada cadena una marca imborrable en
el alma del mismo. ¿Para qué seguir? Denme respuestas, las necesito o el
silencio se encargará de convertirme en polvo y oh, calamidad de antaño,
recuerdo del albor de los tiempos, dolor del nacimiento volveré a ser nada y
desde la nada no podré ser amado.
No comprendo,
divinidad suprema, si es tan fácil amarme. Si es tan simple recibir mi amor.
¿Por qué desperdiciarlo así? Por qué arrojarlo a la basura y pisotearlo como si
cada una de mis flechas no me dolieran a mí tanto como a quien disparo. ¿Por
qué no comprenden? Hazlos comprender porque cuando el amor muera solo su
recuerdo los mantendrá vivos y yo… yo no puedo continuar. Entiendan al amor,
que no aguanta más, que no se siente útil o apreciado. Entiendan al amor y
perdónenlo por las flechas que a él mismo se infiere.
Perdónenme, pero
he encontrado la respuesta; solo el amor puede matarme y con amor, solo con
amor, dejo que mis flechas me atraviesen y acaben con este ser tan imperfecto
que solo quiso cumplir su misión y que conmigo muerto acabe también el amor en
todo el mundo porque no puedo seguir compartiendo mi esencia con quien no pueda
manejarla. Mis últimas tres flechas las dirijo hacia mi cuerpo porque, aunque
sea en mi lecho de muerte, quiero sentirme amado”
En la carta hay un manchón de sangre en lugar del
punto final. Pero al papel le falta un pedazo y él lo nota. Lo deja caer al
suelo y observa el cuerpo divino de Cupido. Intenta tocar con sus manos la luz
que le llega a la frente y luego envuelve su cabeza en un abrazo. Cupido
comienza a sangrar por su muñeca, por su vientre y su corazón. El cuerpo se le
enfría por completo y el brillo y candor de su pecho solo continúa en el
cosquilleo de los dedos del hombre, este besa la frente de Cupido y la luz se
le vuelca en la nuca desde lo alto de la pirámide. Allí siente esa luz
colándosele por los poros y fluyéndole por la sangre, llegando al corazón y
encontrándose con ese cosquilleo que Cupido le había provocado. De repente su
cuerpo entero estalla en éxtasis y siente la vibración en cada partícula de sus
ser, las agradables cosquillas de Cupido ya no son ajenas, son propias y nacen
desde su corazón. Siente el aleteo de mariposas, aves y dragones en su
estomago, siente que el calor no lo abandonará jamás y, por último, siente que
la herida en su pecho desaparece y solo puede recordar a La Indicada con la
mayor de todas las gratitudes, con un sentimiento de agradecimiento y dicha
irrevocables.
Se pone de pie, solemne, y la barba se le deshoja como
árbol en otoño. Saca las tres flechas del cuerpo y luego lo levanta, lo aparta
a un costado y toma la alforja que cuelga de la espalda de Cupido. Se para bajo
la luz de la pirámide y el corazón le habla, sin utilizar palabras le dice que
meta su mano dentro de la alforja. Allí encuentra el pedazo faltante de la
carta.
“Oh ahora
comprendo, divinidad, que no hay más que sufrimiento para mí, que la muerte no
es opción y que lo he echado a perder yo también. He acusado a los hombres de
la peor de las ultrajas y no he visto, porque cegado estaba, que yo también
estaba pecando. No concibo que la culpa me castigue, no concibo que nadie me
castigue porque he hecho lo que debía hacer. Pero ahora comprendo que mi cuerpo
puede soportar mucho más pesares de los que yo creía y que aunque la muerte
nunca pueda encontrarme quizá sea alguien más quien me encuentre y así yo podré
compartir todo esto que he aprendido sobre el amor. Porque claro, matarme con
mis propias flechas, aniquilarme con amor ¿Es eso posible? Que idiota fui, si
el amor es para uno y es para todos, no es para mí ni para ninguno de los
hombres, simplemente es para todos. Sepan o no aprovecharlo, el amor debe estar
allí para ellos y ahora, oh calamidad de
antaño, recuerdo del albor de los tiempos, dolor del nacimiento solo existes
tú. Y conmigo aquí postrado, inmóvil, inútil los hombres se están matando,
rasguñando pieles y paredes para conseguir como mineros en lo más profundo de
su inmundicia, un poco de amor que, como el oro, les llene los arcones.
Que mis lágrimas
me sequen y me hagan sufrir más, porque solo así seguiré entendiendo mi función
en este mundo, solo así comprenderé del todo, que Cupido no puede morir jamás.”
Y ahora sí, un punto final da por terminada la carta,
junto a las marcas de dos labios que besaron el papel. El hombre mira a Cupido
y este no respira. Se acerca a él y derrama sus lágrimas de enamorado sobre el
cadaver. Se coloca la alforja al hombro, guardas las flechas y se pone de pie.
Toma el arco y un estallido de luz lo ciega; Desde lo alto de la pirámide lo
encandila una luz distinta, una luz que se refleja en cada una de las paredes
internas y que llega a él desde todas las direcciones. Cierra los ojos por un
momento y siente la luz filtrándosele por los párpados y dejándolo ciego.
Aún deslumbrado, tantea con sus pies el suelo
empedrado para dar pasos cortos. La luz cegadora se ha ido. Llega al centro de
la pirámide y afina la vista; Observa sus manos, limpias y perfectas. Observa
el arco que en una de ellas sostiene y ve, que este ya no está desvencijado y
viejo, sino que brilla con un lustre divino que le provoca placer al tocarlo.
Observa el cuerpo de Cupido y ve, que en
su lugar, hay una fuente de agua.
Se acerca a la fuente y moja sus manos en ella, se
lava la cara pero la encuentra impoluta. Se enjuaga la cabellera pero la
encuentra recortada y sedosa. Se mira en
el reflejo del agua y comprende; Cupido no puede morir jamás.
martes, 17 de septiembre de 2013
Maria Angélica Ianello de Vals.
En
la pared detrás del piano de cola marrón se exponen las fotografías que a lo
largo de su vida habían ocupado un lugar sobre ese viejo tapizado beige bien
iluminado.
A la derecha, bastante arriba había un
portarretratos mediano con un marco metálico lujoso, bonito y un poco
ennegrecido por el tiempo. Allí había una mujer retratada hasta su pecho con un
vestido rojo muy brillante, una sonrisa deslumbrante con los labios rojos y un
cabello corto, rubio y alocado.
La mujer tenía unos cuarenta años y la
foto, al día de la fecha, diez más. La expresión alegre y jovial que contagiaba
el júbilo y las ganas de reír se manifestaba en varias de las fotografías.
Había una, en particular, una que llamaba
mucho la atención por lo nueva que era, parecía hasta expendida por una
impresora casera de buena definición. En ella estaba María Angélica Ianello de
Vals, con toda su elegancia parada en un camino empedrado, con un vestido negro
y un tapado de piel ostentoso y sin dejar de utilizar los accesorios de manera
correcta; La pequeña cartera colgando del antebrazo izquierdo, la gargantilla
brillando en el cuello tostado a pesar de lo espesa y fría de la noche en la
fotografía, los guantes blancos en ambas manos y el marido agarrado por el
codo.
En otra de las fotos, sin marco pero con un
vidrio limpio y reluciente, María Angélica estaba agarrando por el codo a otra
persona, era un niño rubiecito y semidesnudo, el pequeño miraba hacia un
costado sonriente y de su inmenso pañal salían dos piernas regordetas que se
perdían en el césped bahiano. A la sombra de un árbol frondoso, María Angélica
y su corta cola de caballo atada en lo alto de la cabeza rubia, se encontraba
con su nieto, sentada en el suelo en la posición del loto, con un pantalón de
lino marrón claro y una camisa completando el conjunto. Detrás de ellos, muy
cerca del árbol, se encontraba de pie un hombre con anteojos con una chomba
verde agua y un pantalón beige.
Este mismo hombre, en otra foto un poco más
grande y con un discreto marco de madera, se encontraba a la izquierda de la
mujer al borde de una mesa. A la derecha de ella había otro hombre que se le parecía,
ambos eran jóvenes y tenían su alegría contagiosa al igual que la mujer que
rodeaban, quien, con una camisa blanca e impoluta de seda y un pantalón tiro
alto de color crema se encontraba inclinada sobre una gran torta de cumpleaños
con una velita plateada en el centro. De su cuello colgaba una pieza de
herrería dorada y vistosa que caía con elegancia hasta hacer pender una piedra
roja y brillante a varios centímetros del mentón.
Este mismo collar lucía una señora que
posaba en una pequeña y cuadrada foto al lado de una niña rubia de cabellos
largos que, portando la misma sonrisa que María Angélica, escondía sus manos en
la espalda y levantaba el mentón con alegría. Lo otro que lucía la señora eran
las arrugas y un cabello blanco y como de brushing humedecido que se enroscaba
en un rodete tosco en lo alto del pelo. Con una seriedad incuestionable y una
mirada casi de soslayo los ojos oscuros de la mujer estaban clavados en la cámara
y brillando en lo pálido de una piel bañada por el sol de la ventana en la que,
con solemnidad, apoyaba el codo izquierdo.
La
fotografía estaba bien iluminada pero, a pesar de esto, se perdía en lo
magnánimo de los otros cuadros. Su resolución denotaba una tecnología hoy
obsoleta y su estado de conservación el de un objeto que ha pasado por muchas
manos y muchas cajas hasta llegar al lugar donde está. El pequeño
portarretratos era de un metal plateado y brillante que se había percudido en
las partes profundas de cada muesca tallada.
Quizá
por lo lindo que le queda el reflejo de la luz, o quizá porque así quedaron
agrupados los únicos dos marcos metálicos de la colección, es que a esta
pequeña fotografía se la encuentra a la derecha y bien arriba, en la pared de
tapizado beige y detrás del piano de cola.
Chakra Laringeo (Sobre como se expresa tu madre).
Quien bien conoce a tu madre
sabe que, a pesar de no ser una mujer de muchas
letras y lecturas, su humor es un tanto intelectual en los campos que ella
domina. Recuerda el día que fuiste, todo vestido de azul, a preguntarle si así
estabas bien para ir al cine y luego a bailar; “Y… estás muy chakra laríngeo
pero estás lindo” te dijo. Porque claro, su léxico gira en torno a sus saberes,
y sus saberes tienen mucho que ver con esas cosas; chakras, energías y demás.
Siendo una reflexóloga en constante
formación y creyendo fielmente en la medicina alternativa, vos bien sabés que
acercarte a ella para quejarte de algún dolor en el cuerpo es una trampa de
doble filo; Que el resfrío es por retener el llanto, que la conjuntivitis es
por no estar viendo algo, que la angina es por no expresar algo y así todo. Sin
embargo, volvés siempre, harto de pedirle que no te analice los pies y que solo
se limite a dar un examen objetivo de tu estado de salud, volvés. Pero ella,
que siempre fue un poco bruja, te mira los pies y, con sus conocimientos de
terapeuta holística te empieza a atacar con preguntas que cada vez se van
tornando más incómodas e íntimas.
<<Mamá, me duelen un poco el talón y
el tobillo>> le dijiste una vez, como pidiendo masajes de la manera más
indirecta que pudiste. Y Allí comenzó, jocosa, a reírse de vos y a hacerse la
interesante escatimando la información que estaba en su cabeza; Que el talón
“es el concretar”, que el tobillo son los órganos sexuales y así durante un
rato, hasta que la conversación terminó en la idea de que “una vida sexual más
activa” solucionaría todos tus problemas. Entre risas, divertida y astuta, tu
madre te ha dejado boquiabierto y ruborizado una vez más.
Por supuesto, a veces también se le da por dejar
de lado (por un rato) su cara de sanadora y también hace preguntas. <<¿Cómo
andás vos de amores?>> te dijo una vez. Sin evadir el tema, contestando
con sinceridad y rapidez le contaste que no, que estabas bien amando a tus
amigos y a nadie más. Luego de insistir un rato dando vueltas en la misma
pregunta se resignó, pero no sin antes, emitir un último comentario que tanta
falta le había hecho a la conversación. <<Y claro… así como no te va a
doler el tobillo>>.
Certificado de algo.
Estás
parado en el medio de la cancha de básquet de un colegio estatal ¿Qué hacés
ahí? Y ¿Por qué toda la gente está a tu alrededor? Una gran multitud formada
por jóvenes de guardapolvo y madres con carteras ridículas se habían colocado
alrededor de un especio delimitado por los niños más pequeños de la escuela,
pero… pero vos sos de los más chicos de la escuela, en teoría, vos deberías
estar ahí, con tus compañeros pero estás parado, casi en el medio, con todos
mirándote. ¿Y qué es eso que tenés en la mano? ¿Un certificado? ¿Un diploma?
¿Ganaste algo acaso?
A
tu espalda los parlantes amplifican la voz de una señora que termina de decir
tu nombre y hace un breve silencio para que la gente desborde su pasión en
aplausos y silbidos. Obviamente eso no pasa porque vos sos el primero en estar
ahí, parado en el medio de todos y como no te conoce nadie no te van a aplaudir
con fervor hasta que no estén sus propios hijos allí. Pero la verdad es que
mucho no parece importarte, estás perdido en las costuras del guardapolvo
blanco, en los abrojos mal abrochados de las sandalias, o en el patrón de
puntitos y rayitas que tiene cada baldosa. Con tus dedos recorrés el contorno
de un pedazo de papel o cartón que te dieron hace un rato, este gira y gira en
tus manos porque a vos te entretiene mucho sentir los bordes del papel una y
otra vez. Lo que no te preguntás es ¿Qué es ese papel? Probablemente sea un
premio, o una foto. En realidad te da igual, podría ser un certificado de
nacimiento o uno de defunción que la cosa no cambiaría, seguiría teniendo
bordes muy entretenidos para recorrer.
La segunda persona que la señora llama por
el micrófono es una niña de tu propio curso, le sonreís contento y ves como
ella mira al público y muestra su dentadura imperfecta a las cámaras; porque
claro, está plagado de cámaras de fotos, y flashes, y risas. Ahora le prestás
atención a los aplausos y te divierten un poco, de todas maneras, es mucho más
entretenido ver el cielo al final del gimnasio. Las palabras de la señora ya se
desdibujaron hace rato y ahora son varios los nenes que entraron y se
encuentran formados uno al lado del otro, a tu izquierda. Todos visten
guardapolvos blancos. La única de tu edad es la niña, los demás son más
grandes, y entienden más lo que está pasando, miran sus diplomas, sus
certificados, sus “no sé qué” con orgullo y sonríen como si estuvieran en una
coronación.
De repente, entre el bullicio y el ajetreo,
recordás uno de los últimos días de clase. Hubo una votación en tu aula y te eligieron
a vos como “Mejor compañero”. No importa por qué, ni te acordás seguro. Pero
seguro que esto tiene que ver. Pero bueno, también las profesoras te eligieron
como “Mejor alumno”, y no sabés muy bien qué significaba todo eso y qué
beneficios te podía traer pero no importa, algo ganaste. Te pusiste contento y
sonreíste frente a la gente. Por un rato, después te dio curiosidad otra cosa;
¿Por qué estamos Aldi y yo solos acá parados? ¿Qué se ganó Aldana? Y ahí es
cuando te arrepentís de no haberle prestado atención a la señora que aún no
había dejado de hablar. Te das vuelta y la ves, vestida de negro, con rulos y
frizz, la expresión dura en un sonrisa y las palabras vacías brotando de su
boca directo hacia el micrófono. Es en vano, ni te mira.
Volvés la vista al público y hasta ellos ya
están cansados de escuchar nombres y aplaudir, se les nota en la cara, pobres.
A vos te duelen un poco los pies así que empezás a tirar el peso hacia un pie
por un rato, luego al otro y así, tambaleando frente a todos. Estás en tu tarea
cuando, de la nada, se te ocurre una idea brillante, probablemente el haber
ganado esas votaciones tenga que ver con el hecho de que ahora esté sosteniendo
el papelito con cara al público. Con total naturalidad girás el papel y lo
mirás vos, dice algo de “Mejor…” pero no te das cuenta si es “…Compañero” o
“…Alumno”. No importa. Alguno de los dos es, debe ser el certificado que dice
que ganaste “mejor algo”.
La
que no ganó nada es Aldana, no sabés muy bien qué hace ahí, pero seguro que
ella debe tener el otro “Mejor algo”. Se lo habrán regalado, o por ahí ella te
lo da a vos después, total, a vos te da igual. A ella le gustan las fotos y
está contenta. No tiene caso que lo sigas pensando, ya es hora de cambiar el
peso del cuerpo hacia el otro pie. Mirás tus bermudas amarillas mientras
realizás la acción y la vista se te va, te volvés a perder en los patrones de
las baldosas y el certificado de algo vuelve a girar entre tus dedos. De manera
abrupta te saca del trance la música, agudizás el oído disimuladamente y
reconocés la canción que acaba de empezar, ponés una sonrisa grande en la cara
porque te la sabés y empezás contento: “Oid mortales, el grito sagrado,
libertad, libertad, libertad…”
Mi media naranja.
¡Ay Irma, cómo te extraño! ¿Por qué te fuiste
Irma? Te hubieses quedado acá conmigo, a vivir la playa eterna de Mar del tuyú.
¡Ay Irma! Si sabré yo lo que debés estar extrañándome. Perdóname Irma por
dejarte sola con tus bikinis angostitas y tu marido fanático de la sunga.
Perdóname enserio, pero ya estoy vieja y no tengo fuerzas para volver.
¡Las veces que habremos esperado el llamado
de “La Su” juntas! ¡Las giras bronceadoras que habremos hecho por San Clemente,
Las Toninas y Mar de Ajó! Yo sabía todo de Irma. A Irma los bordes de la pizza
no le gustaban. Los de la tarta, en cambio, la volvían loca. Otra cosa que
odiaba Irma era el corpiño deportivo, por eso llevaba su colección de bikinis a
las clases de Yoga.
Siempre funcionamos como un amuleto para la
otra, piel a piel íbamos juntas a todos lados. No había peatonal que no
conociéramos, no había choclo playero con el cual no nos hubiéramos
enchastrado, y… ¡Ay! Ni hablar de los churros con dulce de leche –y arena,
claro- que tanto habían estirado nuestra figura.
Si pudiera hablarte ahora, mi querida, te
haría saber lo incondicional que fuiste para mí esos domingos de asado y pileta
en la quinta del Jorge. ¿Te acordarás vos, de cómo nos alejábamos de las
charlas masculinas para pasar tiempo a solas y en silencio? flotando boca
arriba y olvidando el cuaderno rojo a lunares blancos de Fede y los
calzoncillos rotos de Eduardo, que claro, en cualquier momento nos interrumpía
y se tiraba de bomba a la pileta con la sunga amarillo fluo que le había traído
Jorge de Brasil.
¿Por
qué nunca fuimos juntas a Brasil, Irma? La escapadita nos hubiese venido bien a
ambas. Pero bueno, definitivamente nuestra última aventura fue Mar del tuyú. Yo
sabía que este viaje iba a ser especial. Lo sabía desde el momento en el que la
profe de yoga nos dijo: “Estoy segura. En este viaje te pasarán cosas
inolvidables”. Y una le cree, obvio, pero lo que menos se espera es que la vida
cambie tan rotundamente.
Nuestra relación era especial, yo no me
cansaba nunca de abrazarte y, vos, año a año, me elegías a mí para acompañarte
a estrenar la temporada. Pero yo ya estaba vieja y estirada, tarde o temprano
me iba a cansar de las pelotas de arena que nos tiraba Fede y de las manos
bruscas de Eduardo.
Perdoname Irma, no tengo excusas. Mis brazos
languidecieron hace tiempo y, empapada en tristeza, solo me queda asumir que
cuando esa ola nos golpeó ferozmente, yo te solté. Un poco adrede y un poco sin
querer. Aunque no lo hubiese querido mis nudos no hubieran aguantado, vos cada
vez estabas más gorda y a mí me costaba mucho contenerte. Así que me alejé, me
alejé flotando para convertirte en ese recuerdo de aquella amiga que detestaba
los bordes de la pizza pero enloquecía con los de la tarta, ese recuerdo de la
mujer que odiaba los corpiños deportivos y, por esa razón, me llevaba a mí, su
bikini favorita, a cada clase de yoga.
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